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dijous, 14 de juny de 2012

DOS PEDIATRES MALLORQUINS, COOPERANTS A L´ÀFRICA.

En el corazón seco de África



El pediatra Jorge Muñoz atiende a un niño durante el viaje del año pasado.


Jamena, capital de Chad. La doctora Reina Lladó y yo aterrizábamos expectantes en marzo de 2011. Los duros semblantes de la policía del régimen en el aeropuerto contrastaban con las caras sonrientes de bienvenida de las dos religiosas combonianas que nos recibían. Pasaríamos la noche en el centro de acogida, donde estrenamos nuestras linternas para esquivar interesantes insectos y poder acomodarnos entre las mosquiteras. El silencio se escuchaba, por fin estamos en el corazón seco de África.

A la mañana siguiente nos esperaban 600 kilómetros de carreteras de muy difícil tránsito, donde los baches no se pasaban por encima, sino que había que entrar y salir de ellos, donde los animales cruzaban sin avisar, donde los niños jugaban a empujarse a la carretera cuando venía un coche, donde los vehículos averiados, la mayoría camiones, yacían durante días en la cuneta esperando a ser reparados. A pesar de haber madrugado llegábamos bien entrada la noche al hospital St. Joseph, en Bebedjia, donde Magdalena Ribas, directora del centro, nos esperaba para cenar con sus compañeras.

Esa misma noche, y antes de abrir las maletas, perdíamos a nuestro primer paciente, de un añito de corta vida, que llegaba moribundo después de días de fiebre alta en el poblado. Su pulso cada vez se hacía más débil, la respiración cada vez menos agitada y nuestra impotencia cada vez mayor. Fue el aviso de lo que nos esperaba.

Nuestras mañanas empezaban a las 7.00 horas con una pequeña charla a los enfermeros y luego íbamos a ver a los ingresados. Ocupaban todas las camas, 45 en total, cifra que se dobla en época de lluvias por la maldita malaria.

[foto de la noticia]

45 camas y 90 ingresados. Un niño en la cabecera y el otro en los pies con sus madres tumbadas en el suelo. En este punto debo mencionar a sor Federica, religiosa responsable de pediatría, que con una sonrisa en su boca nos decía que llevaba cinco años sin un día libre. «¿Cómo aguantas?», le pregunté. Y contestó: «Porque por la noche duermo bien, no tengo pesadillas, la pesadilla empieza cuando me despierto».

Los padres llegaban desde puntos muy lejanos y esperaban hasta que salía el sol a las 5.00 de la mañana para poder andar por caminos áridos, con la esperanza de ver un médico en el St. Joseph. Muchos venían con enfermedades que no había podido curar el brujo de su tribu y en muchos casos llegaban tarde. Hubo un día en particular en que nos desbordó tanta desolación. Estábamos abrumados por la cantidad de niño llorando junto a sus padres, por el llanto desgarrador de una madre tras perder a una hija... En ese momento recibí un mensaje en mi móvil de alguien que sin saberlo quizá supo que su padre estaba en apuros. Un mensaje que nos dio fuerza para terminar el día.

Hoy, quince meses después, sigo recordando aquel primer viaje a Chad desde mi asiento de Air France, con muchísimas ganas de aterrizar de nuevo en D’Jamena. Voy muy bien acompañado por la doctora Lladó, Pedro, enfermero con formación militar, y Martina, enfermera pediátrica. Somos la primera expedición de cooperantes este año, aunque espero que no sea la única.