Translate

dimecres, 26 de novembre de 2008

LA DEFLACIÓ AL JAPÓ.

Deflación japonesa, un fenómeno sin precedentes desde la crisis de 1929.

La deflación padecida por Japón en los últimos ocho años es un nefasto y raro fenómeno caracterizado por la caída generalizada de los precios, que no tiene precedentes en una economía desarrollada desde el "crac" bursátil de 1929 en Estados Unidos y la consecuente Gran Depresión.
Habitualmente compañera de los períodos de crisis, la deflación se desencadena por un descenso de la demanda, por una oferta demasiado abundante y/o por una contracción de la masa monetaria. Inevitablemente, conduce a una espiral infernal.
La baja de los precios posterga en efecto el consumo de los ciudadanos ("¿Por qué comprar ahora una casa o un auto si serán más baratos dentro de seis meses?") y se traduce en un descenso de los salarios y, por tanto, una pérdida de poder adquisitivo.
A su vez, estos factores aceleran una contracción del consumo, lo que genera una nueva caída de los precios, en un círculo vicioso.
Entonces, las empresas --cuyos beneficios disminuyen o desaparecen-- renuncian a invertir, alimentando también la infernal espiral.
La deflación es una de las "bestias negras" de los gobiernos, pues es un fenómeno difícil de combatir.
Tiene consecuencias catastróficas para las empresas o las familias endeudadas, ya que sus capacidades de devolución disminuyen mientras el importe de la deuda permanece intacto.
Y, por su parte, el sistema bancario, ante esos créditos irrecuperables, corre el riesgo de derrumbarse.
Entre 1929 y 1933, años de la Gran Depresión en Estados Unidos, los precios cayeron entre un 25% y un 40% en los grandes países desarrollados.
La Reserva Federal estadounidense agravó el fenómeno al rehusar inyectar liquidez al sistema, pese a que la masa monetaria se contraía debido a las incesantes quiebras bancarias.
En Japón, fue la burbuja especulativa de los años ochenta la que provocó la deflación. A mediados de la década de los noventa, las empresas se dieron cuenta de que sus capacidades de producción y de efectivos eran demasiado grandes y sus deudas demasiado importantes. Así, dejaron de invertir y los precios y los salarios empezaron a disminuir.
Pese a ello, causó dramas y quiebras, aunque la política monetaria del Banco de Japón, con tipos de interés en torno a cero, evitó lo peor.
De todas maneras, la deflación favoreció a los más ricos y a los jubilados, cuyos ingresos fijos les permitían ganar poder adquisitivo a medida que bajaban los precios. En cambio, para muchos asalariados la deflación fue sinónimo de precariedad y de inseguridad financiera.
En un informe de mayo de 2003, titulado "Deflación y vida cotidiana", el gobierno expresó su preocupación por la emergencia de una nueva categoría social, los "freeters" --jóvenes trabajadores temporales, a veces voluntariamente-- cuyo número creció un 128% entre 1990 y 2001, hasta superar los cuatro millones.
Esos "freeters" eran el producto de la disminución de costes impuesta por las empresas, azotadas a su vez por la deflación. Un 85% de ellos vivía por debajo del umbral de la pobreza, algo jamás visto en un país habituado a la seguridad del empleo y de los salarios.
A la precariedad del empleo se añadía el hecho de que, debido a la caída de los precios, era más rentable poner su dinero bajo el colchón y gastarlo lo menos posible, en lugar de invertirlo en bolsa o en la compra de una casa o de un coche.
La cadena de ropa barata (pero de calidad) Uniqlo conoció un éxito fulgurante y el hamburger a 65 yenes atraía muchedumbres en McDo.
Los restaurantes locales Matsuya se sumaron al fenómeno rebajando de 400 a 290 yenes el precio del "gyudon", el muy popular cuenco de arroz con carne del que se alimentan los atareados empleados japoneses.
Uno de los efectos más visibles de la deflación fue también la continua baja de los precios inmobiliarios, consecuencia del estallido de la burbuja especulativa de los años 1980, lo que permitió a muchos inquilinos renegociar a la baja sus alquileres con los propietarios.
Por último, la caída de los precios de la electricidad y del teléfono, tras la liberalización de estos sectores, fue asimismo una de las constantes de los años de deflación.